Insensatez


Ayer bajé los 20 pisos para dejar en la vereda un par de bolsas con ropa de mi finada amiga Z. para que se las lleven los cartoneros o alguno de los tantos fantasmas que viven en la calle. No quería dejar las bolsas así no más y decidí esperar a ver si venía un cartonero y dejárselas personalmente. Mientras esperaba tuve que escuchar el escandaloso razonamiento de una vieja respecto de la catástrofe nuclear en Japón. Sigue leyendo

Rompieron el techo


Robaron la casa. Rompieron el techo. Colgaron una cuerda por la que bajaron. Al bajar se encontraron en un gran living dominado por un cuadro gigante de un hombre sentado en un sillón, con una pistola en la mano. “Entren tranquilos… no habrá mas”.

No encontraron nada de lo que vinieron a buscar.

Córdoba: Ciudad Policial


Hay agente, como te gusta la cumbia.

¿Cuantos policías hay en córdoba por cada habitante? (El bicho muerto me grita: Tarado, falta que digas que en lugar de tantos policías, debería haber más maestros y listo, te convertís en una vieja)

A mi finada amiga Z, alias K.


Vengo a descubrir que estoy enojado con mi ex psicóloga a quien le debo 500 pesos. Estoy enojado porque ella también atendía a Z, mi mejor amiga muerta. Comencé terapia con la peregrina idea de ir haciendo profilaxis del dolor que se vendría con la agonía y muerte de Z. Cómo el resto del razonamiento se hunde en las oscuridades profundas, no lo contaré aquí. Z: te extraño horrores.

Memorias del bicho muerto


La buena conversación

En la sala de espera de un consultorio me encontré cara a cara con Facundo Arana mirándome intensamente desde la mesita de las revistas: “Soy apasionado”, decía el encabezado. Me recorrió el escalofrío de la desubicación. ¿Apasionado?, me pregunté y con eso abrí la puerta del desastre.
El bicho muerto empezó a chillar en mi cabeza, ensordecedor, en el silencio de la sala inmaculada. “¡Imbéciles!, gritaba, ¡Imbéciles rematados!”. “Milenios de civilización trabajando para dominar las pasiones: ¡y los imbéciles pretenden ser apasionados!”. “A las pasiones hay que despedazarlas, molerlas bien molidas y hacerlas picadillo. Después las untás en el pan y recién ahí son comestibles”. “¡Y estos tipos me quieren hacer tragar su pasión como si fuera caviar! ¡Cómo si la pasión pudiera distinguir un buen vino, como si pudiera disfrutar de un acorde perfecto!”. “¡Basuras! ¡A la hoguera con todos ellos!”
En ese momento la secretaria del dentista asomó la cabeza y repitió mi nombre. Me puse de pie estrujándome las manos. El bicho muerto me pone muy nerviosa. Me aterrorizó pensar en afrontar el torno sobre las muelas y sus chillidos entre los parietales al mismo tiempo. Así que mientras esperaba que la anestesia me hiciera efecto me empeñé en encontrar alguna idea capaz de tranquilizarlo.
Justo a tiempo me vino a la cabeza un párrafo de Salman Rushdie. Al Moro le gustaba tanto hablar, disfrutaba tanto de una buena conversación, que a veces se veía abochornado ante sus interlocutores por una ostensible erección.
Entonces el bicho muerto se rió y se calmó en el acto, completamente satisfecho.

El miembro fantasma


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El Síndrome del Miembro fantasma es la percepción de sensaciones de que un miembro amputado todavía está conectado al cuerpo y está funcionando con el resto de éste; se solía creer que esto se debía a que el cerebro seguía recibiendo mensajes de los nervios que originalmente llevaban los impulsos desde el miembro perdido.1 Sin embargo, la explicación más plausible hoy en día consiste en que el cerebro sigue teniendo un área dedicada al miembro amputado por lo que el paciente sigue sintiéndolo: ante la ausencia de estímulos de entrada que corrijan el estado del miembro, el área genera por su cuenta las sensaciones que considera coherentes. Esta área sin función tras la amputación puede ser invadida por áreas vecinas con lo que utiliza sensaciones de otras partes del cuerpo para disparar las sensaciones del miembro amputado (“Fantasmas en el Cerebro”, Ramachandran).

Entre el 50 y 80% de las personas amputadas experimentan estas sensaciones fantasmas en su miembro amputado, y la mayoría de estas personas dice que las sensaciones son dolorosas.2 Las sensaciones fantasmas también puede ocurrir después de quitarse otras partes del cuerpo y no necesariamente un miembro, por ejemplo después de quitarse un seno, un diente (dolor del diente fantasma), o un ojo (síndrome del ojo fantasma).

El Héctor se cogía a su prima retardada


Terreno BaldioLa casa, una minifalda, o sea, con cimientos y bloques hasta el metro veinte de alto y luego de madera y techo de zinc. Se ve que la casa tuvo una pared completa de ladrillos, pero se derrumbó y pusieron una esterilla como remiendo. En el 72, el padre del Héctor murió aplastado cuando esa pared se derrumbó. Doña Yeya, salvó de milagro a sus hijos. Aún se sentían las réplicas del temblor. Los miles de techos de chapa, eran una caja de resonancia que amplificaban el terror. Aún caían los mangos maduros dando unos golpes secos en la tierra polvorienta, cuando el saqueo comenzó. Primero los vecinos más cercanos, luego, de a poco, miles fueron llegando a llevarse lo que podían. Entre las cosas más valoradas, Doña Yeya recordaba unas botellas de wisky y un jamón entero.  Ella no dudó en dejar a su marido bajo la pared y salir corriendo con sus hijos a traer lo que más pudieran del centro comercial.

Seis años más tarde, el Héctor tendría 13 años. Su madre se iba con el Horacio, su hermano menor y quedaba solo en casa. Con la verga parada, escondido entre las plantas del jardín, lo encontré pajeandose. Me saludó con la mirada y una sonrisa, sin parar de pajearse. Acabó y como quién termina de comerse un postre y me contó que estaba por culiarse a la Silvia, su prima retardada. En una hoja de plátano, se limpió el semen de las manos y nos pusimos a jugar al beisbol. El picheaba y yo bateaba. Al rato llegó la Silvia, una flaca dientuda, de unos 20 años, con una muñeca de trapo chorreándole del bolsillo. El Héctor la trató como a una nena y la llevó para adentro con la escusa de darle un regalito. Al rato se oían los gemidos de los dos. Yo los miraba a travez de unas fisuras en la pared.

Después de un rato me aburrí y me fui a ver si era cierto eso de que había un sitio baldío en dónde la tierra estaba tan caliente que se te derretían los zapatos.