La máquina de deprimir


 

Habían logrado lo que parecía un milagro. La teletransportación. Hasta el momento se había podido teletransportar algunos cristales. Trasladar a un ser humano con velocidad casi instantánea, desde Buenos Aires a Córdoba, parecía imposible. Pero un puñado de científicos malpagos, pudieron hacerlo. Primero lograron trasladar unas células intactas. Lombrices, luego insectos. Hasta que por fin, las pruebas con mamíferos superiores habían sido exitosas en un 99,99 por ciento. Aplicados los protocolos del caso, se procedió a buscar voluntarios. Inesperadamente se presentaron miles de solicitudes. Científicos, jubilados, desempleados, estudiantes, taxistas. Todos querían ser la primer persona teletransportada. El sorteo se realizó en directo por la Televisión Pública. Y el ganador, Pablo, un joven militante del Partido Obrero, fue sometido a un sinnúmero de pruebas. El experimento realizarían en conjunto los equipos de la Comisión Nacional de Energía Atómica y una agencia creada a tal efecto llamada “Agencia de investigación y desarrollo de tecnologías cuánticas”. Solo un pequeño grupo de personas tendrían la suerte de presenciar el experimento. El Pablo sería transportado desde el laboratorio en Buenos Aires al laboratorio en Córdoba. Una cadena internacional de noticias había pagado fortunas por la exclusividad pero sólo si el experimento salía bien, podría transmitir las imágenes. El día del experimento, Pablo estaba contento. Se despidió de unos amigos y de su familia. En Córdoba, si todo salía bien, lo recibiría el Ministro de Ciencia y Técnica con una gran recepción. “El Aparato” como ingeniosamente lo bautizaron, no tenía nada de espectacular, ni los involucrados obraban con apuro alguno.

Pablo tenía puesto una remera con las siglas del partido y una consigna: “Gobierno Asesino: Basta de usarnos como experimentos”. Se hicieron los chequeos por ultima vez y todo estaba bien. Se procedió. Unas diezmilésimas de segundos después Pablo estaba en córdoba. Atónito. Había experimentado la angustia mas grande de su vida.

El sabroso prepucio


El éxtasis que despertaba tanta fe llevó a la monja capuchina austríaca Agnes Blannbekin, fallecida en 1715, a sentir milagrosos efectos. Precisamente ella vivió en la época en que se festejaba el Día de la Circuncisión (primero de enero de cada año). La hermanita Agnes lloraba por la sangre derramada a tan temprana edad por su Señor, y fue en una de esas fiestas litúrgicas donde sintió el prepucio de Cristo en su lengua.

Su párroco, el benedictino austríaco Pez, contó: “¡Y ahí estaba! De repente sintió – la monja – un pellejito, como la cáscara de un huevo, de una dulzura completamente superlativa, y se lo tragó. Apenas se lo había tragado de nuevo, sintió en su lengua el dulce pellejo, y una vez más se lo tragó. Y esto lo pudo hacer unas cien veces…”

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Urólogo


Hoy fui al urólogo. Chequeo básico por incomodidad al mear. Luego de contarle los síntomas me preguntó: “¿Y que tal tus relaciones?” Creo que mi silencio interrogativo delató algo que ni siquiera yo sospecho. Para disimular contesté: “Bien”. Demasiado tarde.

Veámoslo un poco con tus ojos…


La sustancia de los espectros es propiedad de quienes nos percatamos de sus huellas.

“Estás llamando a un gato con silbidos
el futuro ya llegó!
llegó como vos no lo esperabas
Todo un palo, ya lo ves”